Corpus Christi: Día Grande en la religiosidad popular costarricense
Corpus Christi: Great Day in Costa Rican popular religiosity
RESUMEN. Corpus Christi es una festividad católica con más de 700 años de antigüedad, vigente durante el periodo colonial costarricense y de profundo arraigo en el siglo XIX. Su celebración, objeto de multitudinarias movilizaciones, constituía una confluencia de actores políticos, religiosos, sectores acomodados y clase sociales subordinadas en un escenario de solemnidad y pomposidad, reflejado en múltiples descripciones y crónicas que hacen los periódicos diarios en plena expansión, hacia fines del siglo liberal.
PALABRAS CLAVE. Historia, Iglesia Católica, religión, Siglo XIX, altares, procesiones.
ABSTRACT. Corpus Christi is a Catholic festivity that is more than 700 years old, existing during the Costa Rican colonial period and deep rooted in the nineteenth century. Its celebration, subject of many mobilizations, constituted a confluence of political, religious, affluent sectors and subordinate social class in a scenario of solemnity and pomposity. It is reflected in multiple descriptions and chronicles that make daily newspapers in full expansion, towards the end of the liberal century.
KEYWORDS. History, Catholic Church, Religion, XIX Century, altars, processions.
1. INTRODUCCIÓN
La pervivencia de prácticas populares y religiosas en el siglo XIX, cuyas raíces se encuentran instaladas en el extenso período colonial, es un rasgo que identifica la composición social de la población costarricense congregada alrededor de San José, ciudad convertida en capital de la nación, avanzada la primera mitad de la centuria. Conmemoraciones de larga data teñidas de un fuerte carácter religioso como la Semana Santa, Corpus Christi y Navidad, se mezclan con otras de corte político surgidas de la ruptura del pacto colonial como las fiestas de la independencia patria, la Batalla de Rivas y la capitulación del líder filibustero, invasor de Centroamérica, William Walker.
A pesar que es posible identificar, avanzada la segunda mitad del siglo, un esfuerzo creciente por parte de la dirigencia política local en procura de separar las esferas de acción de la Iglesia católica y el Estado, con la idea de atenuar la influencia y el poder de la dirigencia eclesiástica en la ciudadanía, resulta claro que las convocatorias para festividades religiosas y actos sagrados asociados con la figura central de Jesús, son solo son multitudinarias, sino que representan compromisos de fe, heredados generación tras generación.
Dentro del calendario católico de la época, Corpus Christi, conocido como un día grande, recibe especial atención por parte de la feligresía y de la prensa escrita: “Los fieles suelen decir: tres jueves hay en el año que causan admiración: Jueves Santo, Corpus Christi y el Jueves de la Ascensión”. La cita que precede, extraída del periódico La Prensa Libre (27/05/1895), constituye una adaptación de un dicho popular español, que muestra el arraigo de esta ceremonia en la religiosidad costarricense, de forma particular, entre la población capitalina.
Corpus Christi es una conmemoración católica, originada en la Europa occidental del siglo XIII, que se festeja 60 días después del Domingo de Resurrección, dirigida a celebrar la eucaristía, con la intención de proclamar y aumentar la fe de los creyentes, por medio de actos rituales. Un elemento que le proporcionó gran popularidad a esta festividad fueron las llamadas puestas en escena sagradas medievales. De acuerdo con González, durante la Edad Media se daban “representaciones por parte de teatros y actores ambulantes, que solían recrear los acontecimientos más importantes de la cristiandad como la Pasión de Cristo o el Corpus Christi” (González, 2018, p.16). La reiteración de actos de esta naturaleza impulsaba la difusión y popularización de estas celebraciones, por medio de actuaciones de carácter didáctico.
Representaciones teatrales como las descritas forman parte del mundo colonial en el que se desenvolvió la población costarricense y, con adaptaciones de distinto orden, se extendieron a lo largo del siglo liberal. Para este último caso, la prensa escrita ofrece valiosa evidencia empírica del destacado rol que esta solemnidad tenía en una sociedad católica por excelencia. En este sentido Vega señala que “El periódico fue un espacio de debate de ideas y el periodista (o quienes escriben en los periódicos), asumieron el papel de fiscalizadores de la función pública” (Vega, 2019, p. 273). Las páginas impresas fueron el vehículo difusor de las discusiones que se daban en el Congreso, de lo que acontecía en los escenarios internacionales y de crónicas de la cotidianidad josefina. Por supuesto, la descripción del fervor religioso no es un asunto que pudiese pasar desapercibido para quienes hicieron de la labor periodística un ejercicio de vida.
San José es una ciudad que, para fines del siglo XIX, experimenta un proceso de ensanchamiento urbano y de crecimiento material, acompañado de una expansión demográfica notable. A la vez, es una capital que vive un fenómeno desconocido hasta ese momento como es la fundación de múltiples periódicos diarios, que recopilan información sobre el acontecer local. La prensa escrita es, desde esa perspectiva, el medio que permite tener una imagen bastante precisa de la dinámica social josefina. Los acontecimientos de los medios de prensa se encuentran registrados tras la mirada puntual de los editores de los diarios y claro está, los temas religiosos, aquellos que traen consigo grandes convocatorias de fe, como las procesiones, cuentan con un espacio garantizado.
Este trabajo busca, a partir de la exploración minuciosa de la prensa finisecular, ofrecer una revisión de la forma en que se manifestaba la religiosidad popular en una festividad como el Corpus Christi, a la vez, que pasa revista de la trascendencia que esta conmemoración tenía para la jerarquía católica de la época, en momentos donde los conflictos entre la dirigencia eclesiástica y del Estado se encontraban a la orden del día.
2. LA PREPARACIÓN
En los días previos al evento religioso es común observar diversos anuncios periodísticos que promueven la venta de materiales traídos del extranjero para el diseño de decoraciones y montaje de altares, espacio donde culminan las procesiones. Comercios capitalinos como La Villa de París; Almacén de Diego Quesada; Bazar de San José o el Almacén de Concepción C. de Gutiérrez, contratan múltiples secciones de los medios de prensa, comunicando que para los festejos de Corpus disponen de “Flores blancas y de colores, grandes y pequeñas. Papel dorado y plateado, liso y labrado. Papel de esmalte y de terciopelo con oro. Flecos y adornos dorados y plateados” (La Gaceta de Costa Rica, 28/05/1879).
No sorprende la rica descripción de los artículos y materiales en venta, por parte de los negocios capitalinos, si se revisan las crónicas que destacan el lujo y suntuosidad que prevalecía en los desfiles. Un ejemplo claro de esto se pude apreciar en la capital salvadoreña de la segunda mitad del siglo XIX: “La Iglesia ostentó todas sus pompas en la celebración de este gran día consagrado a la conmemoración de uno de los más grandes y estupendos misterios. Precedían a la comitiva, conducidos por eclesiásticos revestidos con ricos ornamentos, el tintinámbulo y el pabellón que son emblemas de la dignidad y categoría de la Insigne Basílica de San Salvador” (La Gaceta de El Salvador, 25/06/1859). Sin duda alguna, la festividad representaba una oportunidad de mostrar, no solo solemnidad, sino poder y reconocimiento por medio de las prendas de vestir utilizadas, la cuales eran todo un símbolo de distinción.
La práctica de comprar adornos, “surtido variado de flores, listas para armarlas” (La Gaceta de Costa Rica, 10/04/1885) o nacimientos para las fiestas decembrinas, era un asunto que, más allá de una profunda fe, requería de cierto poder adquisitivo por parte de la población. En tales circunstancias, es natural deducir que la posición económica que se tenía solía condicionar el tipo de participación en las festividades. González ha señalado con claridad que “en los sectores más urbanos habitados por grupos sociales más adinerados, se va a privilegiar la costumbre de importar o heredar imágenes guatemaltecas, ecuatorianas o mexicanas (González, 2018, pp. 83-84). Corpus Christi resulta un caso típico donde la compra de ornamentaciones o la ubicación espacial de las personas en las procesiones y altares refleja su procedencia.
Anuncio de comercio josefino promoviendo la venta de ropa para ser estrenada en las Celebraciones de Corpus Christi.
El Heraldo de Costa Rica (25-05-1893).
Estrenar ropa para lucirla en la procesión era otro asunto que promovía desde los almacenes capitalinos a través de la prensa escrita: “Para las fiestas de Corpus se ha recibido surtido de ropa para niños de uno a diez años” (El Heraldo de Costa Rica, 25/05/1893). Anuncios como estos es común encontrarlos en los días y semanas previas a las festividades religiosas. Lucir de forma impecable era un asunto de importancia para todos, tanto para los que estaban en lo más alto de las esferas del poder, como para la población excluida en el reparto de la riqueza. Las fiestas eran una oportunidad de congregar, en un mismo escenario, a una población con un credo de fe en común, pero distinguiendo la posición social de cada uno de ellos. Y, por supuesto, nada más claro para lograr ese propósito que el código de vestimenta.
Algunos editores señalaban, en ese sentido, que era común ver en las calles a “unos estrenando trajes a la última moda y los que no pueden hacer esto, salen a pasear con el vestido dominguero” (La Prensa Libre, 04/06/1896). Corpus Christi, al igual que las otras festividades religiosas de alta concurrencia, era una celebración que venía a romper con la cotidianidad en la que se encontraba inmersa la población capitalina, enmarcada dentro de una ciudad que pugnaba por ampliar su entorno urbano.
Para asegurar la participación multitudinaria de los fieles era preciso que Corpus Christi fuese un día no laborable. Esto parece ser una condición infranqueable. De lo anterior estaban claros los editores de prensa: “Corpus. A descansar se ha dicho o a divertirse, pues bien, sabido de todos es que no se trabaja, sino que se dedica el día a celebrar con la mayor pompa la festividad de la Eucaristía” (La Prensa Libre, 04/06/1896). Durante la década de 1890 las crónicas anunciando la condición de feriado de esta festividad, era un asunto del todo frecuente.
Comunicado de medio de prensa escrito, que no circulará en Corpus Christi por ser día feriado.
La Prensa Libre (09- 06-1898).
Diarios como El Heraldo de Costa Rica (28/05/1891), resaltaban que, para esta fecha, siendo “Jueves de Corpus y además feriado”, el periódico no se publicaría el día siguiente. Para fines de siglo, La Prensa Libre, junto al anuncio de que no circularía el diario por la festividad, señalaba que por ser un día feriado y de solemnidad: “los altares lucirán hermosos y llenos de flores, las niñas vestirán sus mejores trajes, habrá un popurrí de gasas y sedas” (09/06/1898). Sin duda, celebrar Corpus constituía un evento social de gran convocatoria, que se promovía con mucha expectativa, tanto desde los púlpitos en los oficios religiosos dominicales, como desde la prensa escrita, por medio de los avisos comerciales y las crónicas locales.
¿Cómo amanecía la ciudad de San José el Jueves de Corpus Christi? ¿Qué actividades se organizaban para esa fecha tan destacada dentro del calendario litúrgico? Las ricas descripciones desarrolladas por los editores de los medios impresos josefinos, brindan una idea precisa sobre la dimensión que alcanzaban estos eventos religiosos en el preludio del cambio de siglo.
3. LA PROCESIÓN
La conmemoración de Corpus Christi estaba compuesta de dos momentos particulares; en primer lugar, se encontraba la procesión en las calles aledañas a la Catedral metropolitana y luego, los ritos en los altares que se levantaban en el parque central de la capital, encabezados por las autoridades eclesiásticas. En ambos casos se seguía un minucioso protocolo que reconocía el estatus y condición de las personas participantes.
Avanzada la década de 1880 se había construido, en el costado sur de la Catedral de San José, el denominado Palacio Episcopal, edificio que fue la residencia del arzobispo hasta el siglo XX (Vargas y Zamora: 2000). La proximidad de lugar de habitación del líder católico, para entonces Monseñor Bernardo Augusto Thiel y Hoffmann, con el espacio sagrado donde se llevaba a cabo la fiesta devota, le proporcionaba al conjunto arquitectónico religioso un sentido de majestuosidad y de recogimiento espiritual.
De acuerdo con los reportes de prensa, las procesiones se desarrollaban en las cuatro esquinas adyacentes al parque central de la ciudad. Ahí, las bellas josefinas, unas de ojos tan negros como el azabache y otras rubias y de ojos azules cuando el cielo está despejado, transitaban por las polvorientas calles, irrigadas con esmero para la ocasión. La niñez formaba parte esencial de la festividad. Los periodistas de destacaban al respecto que: “Desde muy temprano recorrían las calles, en dirección a los templos, grupos numerosos de niñas vestidas de blanco, que iban a recibir el sacramento de la comunión” (Diario de Costa Rica, 26/06/1886). Considerando la numerosa participación por parte de la población en estas festividades, resulta fácil percibir el arraigo que una celebración tan antigua conservaba para este momento.
Anuncio comercial de diversos artículos propios de la conmemoración religiosa, importados para la ocasión.
La Gaceta (10-04-1885).
Corpus Christi se muestra como un evento de naturaleza social, integrador si se quiere, donde el conglomerado lleva a cabo manifestaciones de fe, reconociendo en la autoridad religiosa, la presencia de lo divino en la Tierra. Constituye, a la vez, un mecanismo impulsado desde las altas esferas de la Iglesia católica, para afianzar su presencia entre las capas sociales de extracción popular. La fiesta se concibe como un acontecimiento de devoción colectiva, que reúne, en un mismo escenario, a diversos sectores, en torno a un acto de proclamación de fe.
En ciudades como San Salvador, la crónica oficial destacaba la participación de una numerosa concurrencia y de alta estima social: “Asistió a ella el Supremo Gobierno con todos sus empleados civiles y militares, acompañados del Señor Presidente y dos ministros de la Suprema Corte de Justicia, del Cuerpo municipal y de otros vecinos. A la retaguardia, marchaban los veteranos que forman la guarnición de esta plaza, bien uniformados y la música marcial, que alternaba con la de cuerda” (La Gaceta de El Salvador, 11/06/1847). Corpus Christi, como se puede apreciar, constituía una oportunidad, no solo para rememorar un acto litúrgico distinguido, sino como un evento legitimador del orden social imperante en el medio local. Políticos de turno aprovechaban la ocasión para mostrar sus mejores galas, ubicándose al frente de la procesión, como cabezas visibles de la nación y partidarios de la fe católica.
Para el caso de San José, los periódicos se mostraban entusiastas al señalar que a las procesiones había asistido “la mayor y mejor parte de lo más selecto de la sociedad” (La Prensa Libre, 15/06/1895). Prevalece, en estas percepciones, un interés por destacar la aportación de la élite social, como un componente que da significado, realce y valor a la festividad, en tanto, la participación de los sectores sociales de extracción popular se mira como el elemento que otorga rasgos pintorescos. Quizá donde la situación antes descrita se aprecia con mayor claridad sea con el tema del diseño y levantamiento de altares en el parque central capitalino, espacio donde tenía lugar el momento más sublime de las celebraciones del Corpus Christi.
4. ALTARES Y CANTOS
Con antelación a la fiesta religiosa es común observar descripciones periodísticas que hacen alusión a las disposiciones asociadas con la construcción de los cuatro altares, ubicados en las esquinas respectivas del parque central de ciudad, situado frente al edificio de la Catedral metropolitana. Los altares, patrocinados por grupos de familias con capacidad adquisitiva y próximos a la clerecía católica, eran el punto culminante de las festividades, dado que en ellos el Obispo oficiaba la ceremonia y más tarde se ejecutaban cánticos o serenatas por parte de damas y caballeros originarios de esas mismas familias, o contratados por ellas para tales efectos.
A propósito de las celebraciones de Corpus Christi, en la prensa escrita se publicaban avisos sobre venta de altares para las solemnidades.
La Gaceta (29-04-1885).
Avisos de prensa daban adelantos de la forma en que se planificaba la celebración sagrada: “Comienzan a verse los preparativos para la fiesta del Corpus. En la esquina de nuestro vecindario se ve maderas y carpintería que toman medidas y hacen el esqueleto del altar” (El Heraldo de Costa Rica, 02/06/1896). Otro medio de prensa, dos años después, ofrecía la siguiente información sobre este particular: “Ya están levantando en las cuatro esquinas del Parque Central, las armazones para los altares de Corpus, que parece estarán este año muy bellos. Hay grandes preparativos. Hasta ahora sabemos que en el segundo altar (esquina de Alfaro), va a cantar un lindo dúo: la señorita Petra Rosat y don José Rodó” (La Prensa Libre, 08/06/1898). Con reseñas como estas se generaban expectativas entre la población que participaría en los oficios religiosos, razón por la cual el evento adquiría aún mayor realce.
En este punto, la presencia del Bernardo Augusto Thiel, Obispo entre 1880 y 1901, en los festejos de Corpus, eran una garantía de solemnidad y prestigio. En diversas ocasiones otros dignatarios religiosos de diócesis del Centroamérica acompañaron a Thiel en esta conmemoración, dejando entrever con ello, la importancia que daban a esta convocatoria. A pesar que Thiel estuvo desterrado del país, hacia mediados de la década de los años ochenta, resultado de múltiples diferencias con los gobiernos liberales de turno, solo en el año de 1885 estuvo ausente en los oficios de Corpus Christi de la capital costarricense.
Al año siguiente, cuando su regreso fue permitido, la prensa resaltaba la participación del jerarca religioso: “Se construyeron alrededor del parque cuatro altares, artística y sencillamente decorados. La procesión empezó a las nueve, y se detuvo de cada altar. Ofició el Señor Obispo Thiel, acompañado de casi todo el clero de la ciudad. La concurrencia fue enorme. Merece especial mención el orden estricto, rigurosísimo que reinó hasta el fin” (Diario de Costa Rica, 26/06/1886). En todo esto, la figura del Obispo alemán resultó clave pues era una persona de gran actividad pastoral. Su intervención no se reducía a la organización de ritos litúrgicos, sino que formó parte esencial en el levantamiento de iglesias, visitas a comunidades apartadas de la capital y defensa, de lo que su juicio, constituían ataques a la fe católica.
Entre 1892 y 1894, Thiel “llevó a cabo la bendición de la nueva iglesia parroquial de Limón” (Herrera, 2009, p.736), al tiempo que colocó la primera piedra de la Iglesia la Merced. Para esta misma época la actividad pastoral de Thiel lo llevó a reunir grupos de cabécares y talamancas para explicarles temas como la verdadera creación del mundo por Dios, la inmortalidad del alma y la misión del sacerdote católico en la propagación de la palabra contenida en la Biblia. Al respecto, Alvarenga señala que “Nunca se sabrá cómo los atentos indígenas interpretaron, si es que las limitaciones de la lengua lo permitieron, concepciones religiosas tan alejadas de su cultura” (Alvarenga, 2018, p. 93). Lo que sí parece claro, a pesar de las dudas razonables, es que el Obispo era una persona con un alto nivel de compromiso como jerarca de la Iglesia y como difusor de la fe católica.
Actividades como las mencionados eran llevabas a cabo por Thiel mientras continuaba liderando la organización de festividades como la Semana Mayor y, por supuesto, Corpus Christi. Para 1895, una reseña redactada en la prensa escrita involucraba a la autoridad católica en este último festejo: “El Obispo Señor Thiel ofició en estas ceremonias. En cada uno de los altares se oyeron cánticos inefables. Nos llamaron particularmente la atención el de la señora Julia Álvarez de Rojas, no solo por lo original, sino también por la buena música y el escogido canto” (La Prensa Libre, 27/06/1895). Cada uno de estos aspectos procuraba destacar un altar sobre los demás, dependiendo de los materiales utilizados y los recursos musicales contratados.
Las temáticas que se representaban en los altares variaban cada año. Y si bien es cierto en algunos momentos prevalecía una decoración menos recargada y pomposa, con un estilo más austero (Diario El Comercio, 05/06/1888), en general es posible identificar un esfuerzo constante por hacer de las representaciones de pasajes bíblicos y de las apariciones marianas, tópicos de uso frecuente por parte de las organizaciones o familias que se encuentran detrás del diseño de los altares.
La estructura de algunos de estos altares se conservaba para ser reutilizados en los festejos de Corpus de años posteriores, pues su inversión era muy significativa. Un buen ejemplo de lo anterior es un anuncio de prensa que aparece en 1885, año posterior a la expulsión de la orden religiosa de los Jesuitas de suelo costarricense, precisamente cuando fue desterrado también Monseñor Bernardo Augusto Thiel: “Para el día de Corpus. El magnífico altar de Corpus, de gusto elegante y delicado, construido el año anterior por los RR. PP. Jesuitas, a expensas de don José R. Rojas Troyo, se vende por un módico precio, no obstante, su costo de más de mil pesos. El que quiera comprarlo, puede entenderse con el que suscribe. Desiderio Oreamuno” (La Gaceta de Costa Rica, 29/04/1885). Casos como estos dejan en evidencia la significativa inversión que se realizaba, por parte de un sector de la población, para el levantamiento de altares religiosos.
Los suntuosos altares, diseñados a partir de recursos privados, dibujan un espacio físico segregado que permite visualizar la posición que unos y otros ocupan en el entramado social. Corpus Christi es un festejo de culto que trasciende el ámbito religioso y se entroniza en el núcleo mismo de la sociedad. Las procesiones y altares ofrecen protagonismo a dirigentes políticos, autoridades religiosas y sectores sociales con alta capacidad de consumo, en tanto, ubican a la población menos favorecida, como espectadores de los actos solemnes.
Altares, procesiones, cantos y eucaristía se articulan en una festividad originada en la Edad Media y heredada de la época colonial, que mantuvo una ferviente convocatoria, dentro de la sociedad costarricense, en el siglo de la independencia.
5. CONCLUSIÓN
El siglo XIX es el escenario donde confluyen una serie de prácticas de naturaleza religiosa y política, que identifican el ser costarricense. Algunas de esas prácticas como las celebraciones de Semana Santa, Navidad y Corpus Christi, forman parte de la religiosidad popular en la que interviene, desde distintos escenarios, una sociedad predominantemente católica.
La venta de ornamentos, flores, accesorios y ropa nueva, para participar de las procesiones de Corpus Christi, así como el diseño de altares, patrocinados con inversión privada y avalados por la dirigencia eclesiástica, constituyen síntomas característicos de las festividades periódicas relevantes que la Iglesia católica organiza como parte esencial de su calendario litúrgico.
Corpus Christi es también una celebración que evidencia las profundas diferencias sociales de una población, fragmentada por el acceso al poder y la economía. Siendo una conmemoración de naturaleza religiosa, otorga visibilidad y reconocimiento a actores sociales con empoderamiento como autoridades políticas, dirigencia eclesial y familias con poder adquisitivo, por medio de asuntos llenos de simbolismo como la vestimenta y la ubicación que tienen en las procesiones y altares, en tanto, coloca en un segundo plano a un amplio segmento social, marginado, no solo de los espacios de reconocimiento público, sino de los medios de acceso a la riqueza.
6. FUENTES
Diario de Costa Rica 26/06/1886
Diario El Comercio 05/06/1888
El Heraldo de Costa Rica 28/05/1891
El Heraldo de Costa Rica 25/05/1893
El Heraldo de Costa Rica 03/06/1893
El Heraldo de Costa Rica 02/06/1896
La Gaceta de Costa Rica 28/05/1879
La Gaceta de Costa Rica 10/04/1885
La Gaceta de Costa Rica 29/04/1885
La Gaceta de El Salvador 11/06/1847
La Gaceta de El Salvador 25/06/1859
La Prensa Libre 02/06/1894
La Prensa Libre 15/06/1895
La Prensa Libre 27/06/1895
La Prensa Libre 04/06/1896
La Prensa Libre 08/06/1898
La Prensa Libre 09/06/1898
7. BIBLIOGRAFÍA
Alvarenga, P., Menjívar, M. y Montanaro, M. (2018). Miradas tramposas. Visiones antropológicas de viajeros por Centroamérica y México, siglos XIX y XX. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica.
González, A. (2018). De santeros a imagineros. Los orígenes de la escultura en Costa Rica. San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
Herrera, A. (2009). Monseñor Thiel en Costa Rica. Visitas pastorales 1880-1901. Cartago: Editorial Tecnológica de Costa Rica.
Vargas, G. y Zamora, C. (2000). El patrimonio histórico arquitectónico y el desarrollo urbano del Distrito Carmen de la Ciudad de San José 1850-1930. San José, Costa Rica: Imprenta Nacional.
Vega, P. (2019). Historia contemporánea de Costa Rica 1808-2010. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, Fundación MAPFRE.
Artículo arbitrado, sección CIENCIAS AFINES
Licenciado en Historia. Coordinador del Programa de Estudios Generales de la Universidad Estatal a Distancia (UNED); Profesor Asociado de la Escuela de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica (UCR) y Académico de Número de la Academia de Geografía e Historia de Costa Rica. [email protected] | COSTA RICA.
Fecha de recepción: 04/02/2020
Fecha de aprobación: 24/09/2020
Ejemplo de comercio josefino enfocado en la festividad religiosa de fines del siglo XIX.
La Gaceta (28-05-1879).