Revista del Archivo Nacional de Costa Rica

Costa Rica: anotaciones sobre la nación del bicentenario

Costa Rica: Some Notes about the Bicentennial Nation

Resumen. Este ensayo reflexiona sobre tres diferentes momentos festivos de la conmemoración de la independencia en Costa Rica: 1921, 1971 y 2021. Su objetivo no es profundizar en las conmemoraciones de esos años, sino utilizarlas para discutir acerca de cómo esos tres momentos pueden leerse como versiones diferentes de Costa Rica en relación con su pasado, su presente y su futuro. El ensayo asegura que hay muchas diferencias entre las formas en que se celebró el día de la independencia en esos momentos, lo cual se explica a partir de los cambios que han tenido lugar en términos de integración social, desigualdades, enfrentamientos culturales, y visiones sobre la nación costarricense. Finalmente, el ensayo propone que la Costa Rica de los últimos 40 años es un país muy diferente al de 1971 y 1921, lo cual implica que no se pueda dar por sentado que esta nación tiene asegurado un futuro, como sí lo pensaban nuestros ancestros.

Palabras clave. Bicentenario, Conmemoraciones, Costa Rica, Crítica, Nación.

Abstract. This paper examines three different years when Costa Rica celebrated its independence: 1921, 1971, 2021. Its objective is not going deeper into those commemorations, but using them to discuss about conceptions of past, present, and future that appeared during those celebrations. The paper asserts that there are many differences among the ways the Independence Day was commemorated during those years which is explained by changes in social integration, inequalities, cultural confrontations, and visions about Costa Rica as a nation. Finally, it argues that nowadays Costa Rica is a country very different from that of 1971 and 1921, which implies that the future of this nation cannot be considered for granted.

Keywords. Bicentenary, Commemorations, Costa Rica, Critic, Nation.

1. Introducción

El 14 de setiembre de 1911, el editorial de La Prensa Libre indicó con júbilo: “De los países hispano-americanos, separados del dominio español, es Costa Rica uno de los pocos que pueden celebrar con orgullo el aniversario de su independencia, pues ha sabido hacer buen uso de ella”. Los motivos en los que sostenía enfáticamente esa afirmación eran la avanzada maquinaria institucional del Estado y su aparato jurídico, lo efectivo de la ley escrita y, especialmente, la particularidad con que este pequeño país había sabido construir la política desde 1821, de forma que, aunque no pudo escaparse de algunos regímenes anticonstitucionales, las características “particulares” de sus gobernantes habían estado a tono con la forma de vida de sus habitantes. Para el redactor de ese texto, la emancipación se justificó por el letargo y la pobreza colonial, ya que la colonia no había producido nada: “ni un edificio, ni una iglesia, ni un camino, ni un puente, ni un muelle”. A su vez, el periodista señaló la multitud de adelantos materiales conseguidos después de la independencia: el ferrocarril, el desarrollo material de las ciudades (especialmente la instalación de cañerías y luz eléctrica), la construcción de escuelas, la alfabetización, el telégrafo y el teléfono (Sin autor, 1911, p. 2).

Si se toma como referencia ese texto, el cual resumió bien la visión generalizada que tenía la sociedad costarricense de su país y de su historia, es posible asegurar que esos costarricenses de 1911 no tenían dudas sobre su nación y su futuro. ¿Podríamos hoy, durante la conmemoración del bicentenario de la independencia, asegurar algo así de forma tan tajante?

Este ensayo reflexiona sobre tres momentos festivos diferentes de la conmemoración de la independencia, aunque no con el fin de profundizar en sus festividades, sino en utilizarlas para discutir acerca de cómo esos tres momentos pueden leerse como versiones diferentes de Costa Rica en relación con su pasado, su presente y su futuro; los momentos escogidos son: 1921, 1971 y 2021. El objetivo consiste en identificar cómo las profundas diferencias con respecto a las conmemoraciones dan evidencia del cambio en las formas de convivencia social y visión sobre el Estado que aparecieron en el siglo XIX y se consolidaron y alcanzaron su punto más alto en 1971, cuando el país celebró el sesquicentenario de la independencia. De esa forma, la Costa Rica de los últimos 40 años no es solo un país muy diferente al que vivió aquella conmemoración, sino que crea dudas con respecto a la posibilidad de que siga existiendo como nación para celebrar 250 años de independencia en el 2071.

2. Primer momento: 1921

La Costa Rica que conmemoró el centenario de la independencia en 1921 era una sociedad que acababa de salir de una tremenda fractura política provocada por la dictadura de Federico Tinoco Granados (1917-1919). Durante los meses finales de su gobierno autoritario, Tinoco había llevado el país a la desmoralización: en ese tiempo se volvió común la represión de los sectores sociales que se le oponían, el asesinato de algunos de sus opositores, el uso de la tortura y las persecuciones políticas (Oconitrillo García, 1980). Pero el régimen tinoquista llegó a su fin el 20 de agosto de 1919, cuando el Poder Legislativo aceptó la renuncia que ocho días antes, con rumbo al exilio, había escrito el dictador. La llegada de uno de los líderes más laureados de la oposición a principios de setiembre y el recibimiento pomposo y populoso que le hicieron sus seguidores fueron el enterramiento del régimen y el inicio de un proceso de reconstrucción nacional. La entrada triunfal de Julio Acosta, el 13 de setiembre de 1919 en el tren que venía de Puntarenas, se realizó en una sonada manifestación llena de imágenes de la libertad (Oconitrillo García, 1991, p. 141). A la sazón, el héroe fue coronado con el apoyo electoral, al ser elegido presidente de la República y gobernó entre 1920 y 1924, un periodo en el que intentó sanar las heridas dejadas por la dictadura y la división social y por eso siguió una política de perdón y olvido con respecto a las actuaciones de políticos vinculados con Tinoco (Bonilla Castro, 2013).

El 15 de setiembre de 1919, la fiesta de la independencia fue sencilla, pero su exposición profundamente simbólica con respecto al pasado que se quería enterrar con Tinoco: se recordó la emancipación “quemando en las plazas públicas de la república, a vista de los niños y a los acordes de las bandas, los instrumentos infamantes de las prisiones, como cepos, calabozos, etc.” (sin autor, 1919, p. 3), de forma que se celebraron en conjunto la independencia de España y la libertad recién obtenida. Es decir, apenas un mes después de haber caído la dictadura de Tinoco, fue posible organizar la fiesta de la emancipación y darle un significado especial. Esa celebración, junto con la de setiembre de 1920, fueron la antesala del centenario.

Una hermosa fotografía tomada el 15 de setiembre de 1921, muestra a una multitud de cientos de personas aglutinadas cerca del centro de la ciudad de San José, frente al Teatro Nacional. En la fachada del teatro, un escudo, con forma de doble uve y con los colores de la bandera nacional en su contorno, presenta en el centro el espacio histórico que se memoraba: 1821-1921. La plaza frontal del edificio, repleta de hombres, mujeres, niños y niñas, asemeja a un mar de gente, entre cuyas grietas se levantan banderas, estandartes y escudos; además de uno que otro paraguas para parar los rayos del sol. Empero, la atracción de la mirada y la pose del gentío no se remite al teatro. En un círculo que se forma en el centro de la plaza, se yergue majestuosa una estatua de un hombre de corpulencia delgada, gestos íntegros, con una capa en la mano izquierda: era la estatua a Juan Mora Fernández, primer jefe de Estado del país; cuando se tomó la fotografía recién acababa de terminar su develización, que había sido planeada como uno de los principales actos de la celebración del primer centenario de vida independiente y que se realizó mientras se tocaba el Himno Nacional (ANCR, Serie Fotografías, No 2056; Sin autor, 1921, p. 1; Díaz Arias, 2007, pp. 205-225; Fumero Vargas, 2021, pp. 3550).

La imagen que proyecta la fotografía es la de una nación en fiesta. Con ella, se materializaba el avance de los ritos y significados de una celebración civil que se había coronado con la extensión geográfica y social, así como con la simultaneidad de su desarrollo en todo el país. Fueron los escolares los que volvieron posible esa imagen, pues al desfilar por las calles del país, acompañados por sus maestros y familiares, expusieron el ideal de una nación costarricense unida y homogénea. Como si fuera poco, fue también la escuela la encargada de llevar adelante la socialización continua de la juventud en cuanto al simbolismo nacional, fundamentalmente a través de los cantos, de los desfiles y de la sacralización de la Bandera y el Himno Nacional. Ya para la segunda década del siglo XX, la bandera había alcanzado su representación de la comunidad política, al ser efectivamente identificada con la nación costarricense, de forma tal que sus colores pasaron a resumir las etiquetas con las que se distinguía a la sociedad costarricense. Lo mismo ocurrió con el Himno Nacional, que gracias a la renovación de su letra en 1903 y a la reiteración de su ejecución en las voces de los niños, pasó a formar parte integrante de las ceremonias públicas y se convirtió en otra de las tradiciones emblemáticas de la comunidad política. Es decir, en 1921 había una certeza sobre el futuro de Costa Rica y sus habitantes, sin ninguna duda, se identificaban en sus ancestros de 1821 y veían sin problemas un futuro brillante para su país.

3. Segundo momento: 1971

Los 50 años que conectan a la sociedad costarricense que conmemoró el centenario con grandiosidad y la que majestuosamente celebró el sesquicentenario de la independencia en 1971 fueron años de transformaciones políticas, sociales y económicas. Lo cierto es que hacia 1971, la nación costarricense podía mirarse al espejo y sonreír por su desempeño como país. José Figueres Ferrer, el caudillo de la guerra civil de 1948 que había sido presidente entre 1953 y 1958, regresó al poder en 1970 y con su imagen se denotaba la concreción del proyecto de un Estado de bienestar socialdemócrata que había logrado extender la Reforma Social de 1940-1943 entre la mayoría de la población (Rovira Mas, 2000). El sesquicentenario además fue recibido en una Costa Rica que gozaba de unos años dorados y que podía mirarse con gran orgullo en el espejo oficial de su pasado (Aguilar Fong y Villalobos, 2014, pp. 18-53).

Aunque las actividades del sesquicentenario se centraron en la ciudad capital, el país entero se vistió de fiesta gracias a que el ritual celebrativo de la emancipación era un evento anual que gozaba de una amplia participación popular y que carecía de cualquier cuestionamiento desde finales del siglo XIX. Las celebraciones involucraron eventos populares, culturales, concursos, espacios para encontrarse con el pasado y formas de renovación de los espacios citadinos (Díaz Arias, 2016, pp. 117-142). Sin duda, esa gran actividad imprimió de tintes festivos al país y dio la imagen de una nación fuerte que lograba encontrar el pasado con el presente en un deseo de compromiso hacia el futuro. Es decir, lo que se conmemoró en 1921, a pesar de la recién vivida dictadura de Tinoco, se reafirmó en 1971, sin importar la poca distancia con esa gran ruptura social que significó la Guerra Civil de 1948 (Díaz Arias, 2015, pp. 223-330). Esa certeza de ser una nación, sin cuestionamientos, volvió a brillar en el sesquicentenario de la independencia. Pero las transformaciones que ocurrieron unos años después llegaron a poner en duda la persistencia del proyecto de nación costarricense.

La crisis económica de inicios de la década de 1980 dejó en evidencia la problemática de la deuda externa contraída durante el apogeo del Estado empresario (1970-1978) y la falta de coherencia en la política económica del gobierno de Rodrigo Carazo Odio (1978-1982), así como el impacto del rencor político que se vivía en la Asamblea Legislativa y que evitaba alcanzar claridad y sensatez en las discusiones sobre los proyectos y las decisiones económicas fundamentales para el país (Díaz Arias, 2021a, pp. 42-117). Luis Alberto Monge Álvarez ganó sin dificultad las elecciones de 1982, prometiendo volver a las raíces de las políticas económicas y sociales del PLN; sin embargo, una vez en el poder, Monge tuvo que hacer frente a la crisis poniendo en práctica una reforma estructural del Estado costarricense que se profundizó después de 1986 y cuyas consecuencias políticas, sociales y culturales tuvieron un impacto fuerte en las conmemoraciones de la independencia a mitad de la década de 1990 (Díaz Arias, 2021b, pp. 133-164).

En 1994, el diario La República informó que las vísperas de las celebraciones de la emancipación revelaban apatía y desapego; esa fue también la antesala del anuncio del presidente José María Figueres Olsen (1994-1998) acerca del cierre del Banco Anglo Costarricense, el banco más antiguo del país (Bulgarelli, 1994, p. 4A). Esa noticia impactó tanto la opinión pública y el debate sobre el país, que la fiesta de la independencia perdió el brillo de antaño y una redactora la llamó “el Día de la Independencia más triste” de la historia de Costa Rica (Mora Gamboa, 1994, p. 22A). Un año después, las fiestas sufrieron el impacto de la gran huelga de maestros en contra del cambio en la ley de pensiones del Magisterio Nacional impulsada por el gobierno de Figueres (Mora Gamboa, 1995a). Así, debido a que muchos maestros del país se opusieron a participar de ese rito, la marcha de la antorcha no fue organizada por las escuelas y colegios, sino por las municipalidades y las personas que llevaron la antorcha no fueron solo jóvenes sino “atletas, padres de familia y vecinos” (Fuentes, 1995, p. 4A). El 15 de setiembre de 1995 las celebraciones fueron muy deslucidas y en muchas escuelas y colegios del país no hubo desfiles (Varela y Bloise, 1995, p. 5A). En San José, al finalizar la ceremonia oficial frente al Monumento Nacional, unos jóvenes colegiales se acercaron a entregarle un documento a Figueres en el que manifestaban su oposición a la privatización de la enseñanza en el país; la conversación que iniciaron con el presidente, sin embargo, se fue crispando hasta que terminó en insultos, empujones y golpes entre el mandatario y los estudiantes (Mora Gamboa, 1995b, p. 4A). La apatía no cejó en los siguientes años; a pesar de un repunte de las fiestas en 1996, en 1997 la prensa volvió a denunciar falta de entusiasmo con respecto al día de la emancipación (Quesada, 1997, p. 4A; Solano, 1996, p. 4A).

En 1998 mejoró la participación ciudadana y el fervor patrio con respecto a la fiesta de la independencia (Brenes, 1998, p. 3A; Quesada Chanto, 1998, p. 5A) y en 1999 ya la prensa decía que el espíritu patrio había colmado las calles del país (Alvarado y Cantero, 1999, p. 4A). Empero, ya para setiembre del 2000 no eran suficientes las conmemoraciones fastuosas con participación popular; en un artículo en La Nación el 15 de setiembre de ese año, la periodista Marielos Vargas Fernández volvió a la tradición liberal de fines del siglo XIX de mezclar las fiestas de la independencia con el recuerdo de la Campaña Nacional de 1856-1857 (Díaz Arias, 2007, pp. 115-139), para asegurar que: “La independencia no se nos regaló ni nos cayó del cielo, es el resultado de una lucha iniciada en 1821 y que bien merece ser conocida y valorada, especialmente por los jóvenes” (Fernández Vargas, 2000). El fuego que inspiró este rescate de la asociación entre la independencia y la lucha contra los filibusteros creció en los siguientes años. El contexto era el mismo del desarrollo de un monopolio de la figura de Juan Rafael Mora Porras como la del héroe supremo de aquella gesta y de su presentación pública como figura inmaculada por parte de algunos aficionados a la historia (Molina Jiménez, 2014). Así, el 16 de setiembre del 2010 la Asamblea Legislativa declaró a Mora Porras como héroe nacional, lo que mostró el ascenso de un tipo de nacionalismo autoritario, patriarcal y clasista, muy distante del nacionalismo de 1971 y, más aún, del de 1921 (Molina Jiménez y Díaz Arias, 2021). Ya era evidente que el sentido de comunidad política, construido en el pasado, estaba seriamente herido y que las identidades globales y de clase podían sepultarlo sin ofrecer una variante sustitutiva basada en el humanismo (Molina Jiménez, 2005, pp. 101-130).

4. Tercer momento: 2021

¿Se reconocerían los costarricenses del 2021 con sus antecesores de 1821 o con quienes celebraron el centenario de la independencia en 1921 o los que conmemoraron el sesquicentenario en 1971? La respuesta inmediata es que no lo harían. ¿Por qué? Justamente porque en los últimos 40 años, las transformaciones ocurridas hicieron de la sociedad costarricense una muy diferente a aquellas otras del pasado.

Las transformaciones que se desarrollaron en Costa Rica después de la tremenda crisis económica de 1980-1981 hicieron que la identidad nacional se volviera volátil y se desprendiera de sus principales formas de definición, hasta el punto en que se produjo una ruptura real con el pasado. La crisis económica obligó a los socialdemócratas a negociar directamente con las entidades financieras internacionales y a aplicar un proceso acelerado de reformas al Estado que se ensañaron con los pilares fundamentales de la “diferencia costarricense”. La educación pública primaria y secundaria retrocedió en términos de apertura y garantía de movilidad social, dando un golpe específico a los sectores medios y, particularmente, a los pobres y haciendo que la profesión de educación perdiera el estatus que tuvo antes de la crisis (Molina Jiménez, 2016, 437-586). El desgaste del modelo de Estado llevó a un replanteamiento de los servicios principales y a intentos de venta, privatización y apertura de instituciones estales, así como a cambios en los sistemas de pensión y de comunicación entre los políticos y los ciudadanos.

El golpe más evidente a las identidades político-electorales del siglo XX se propinó en las elecciones de principios del 2014, cuando un nuevo partido político, el Partido Acción Ciudadana (PAC), se hizo del poder y planteó el ansiado regreso al pasado anterior a la crisis de 1980-1981. ¿El resultado? No el esperado, pues una insatisfacción ciudadana con la política, combinada con luchas culturales en proceso, llevó en 2018 al planteamiento de un proyecto político evangélico que reñía con las principales tradiciones republicanas afirmadas después de 1823 y en contra del modelo de democracia reformado a partir de la década de 1880 y afianzado en la primera mitad del siglo XX (Molina Jiménez, 2019). Esa coyuntura ha sido propiciada también por un cuestionamiento sin límites a las instituciones públicas.

Desde hace décadas, una parte de la prensa nacional costarricense ha contribuido a tejer una imagen del trabajador público como torpe, vago y negligente, que, además, disfruta de “privilegios” y gollerías salariales en sus puestos (Díaz Arias, 2021a: 20-25). De esa forma, los “pluses” salariales y las convensiones colectivas se convirtieron discursivamente en casi delitos y sus detentadores en “cochinos” y, casi, “ladrones”. Una visión así fue explotada por la prensa ya indicada y por algunas plataformas políticas, en un contexto de creciente desigualdad (post reformas neoliberales y post discusión sobre el TLC), por meses. Fue el mismo contexto en que, aliados con el gobierno de Luis Guillermo Solís (2014-2018), muchos sindicalistas decidieron pactar una tregua y, ciertamente, nadie salió a discutir con propiedad contra aquel discurso. Una por una las convenciones e instituciones públicas fueron cuestionadas por sus regímenes salariales.

Carlos Alvarado fue electo presidente por 1.322.908 costarricenses, entre los que se mezclaban líderes conservadores, intelectuales de izquierda, movimientos LGBTI, feministas, jóvenes, católicos y otros grupos dispares. El principal motivo de esa irregular alianza era evitar a toda costa, como se indicó, el triunfo del fundamentalismo religioso neopentecostal que amenazaba con convertir la democracia costarricense en una teocracia contra los derechos humanos. Fue una alianza, si se quiere, fortuita, similar en cierto sentido, a la que ocurrió para evitar la llegada de Johnny Araya al poder en el 2014. Lamentablemente para el país, una vez en el poder, la amenaza de una crisis fiscal utilizada por Alvarado no funcionó para unir a la nación, como sí funcionó la amenaza del fanatismo religioso neopentecostal durante la campaña electoral. Y eso fue así porque no era la primera vez que se hablaba de crisis fiscal: en los últimos 40 años ha sido un tema recurrente en la política nacional (Díaz Arias, 2021a: 78-234).

En ese contexto, apareció una nueva reforma fiscal, que pronto se mutiló en la Asamblea Legislativa con exoneraciones a favor de grandes empresarios. El presidente Alvarado, entonces, mostró por primera vez su cercanía con los grupos económicos conservadores del país y, con ese apoyo, enfrentó cualquier cuestionamiento a su reforma fiscal. Para combatir esa reforma, el movimiento sindical público llamó a huelga general, pero el contexto discursivo indicado era propicio para descalificar esa huelga por parte de la prensa conservadora y de los políticos de turno. El salto discursivo entonces, pasó del delito a ser empleado público con pluses, a terrorismo (por acciones conectadas solo discursivamente con los sindicatos gracias a la misma prensa) como etiqueta generalizada para los huelguistas. Lo único que no han podido hacer los detractores de los movimientos sociales y sindicales del sector público es convertir a los que protestan en no costarricenses, una estrategia que los podría situar fuera del estado-nación y volverlos blanco para la represión.

Pero el presidente Alvarado todavía dio otro paso en falso pero planificado: apareció en cadena nacional de televisión el 9 de septiembre del 2018 con gestos de enojo contra quienes todavía no habían comenzado la huelga. En ese momento, quedaron delimitadas las fronteras y se rompió no aquel tenue pacto electoral (roto desde después de la derrota de Fabricio Alvarado), sino un pacto entre el PAC y una buena parte de la base del apoyo que le dio vida como partido político. En esas condiciones, el movimiento sindical se plegó a su propuesta más radical (sacar la reforma de la corriente electoral), mientras que el Ejecutivo, dominado por la figura de Rodolfo Piza, se amarró a la idea de que contaría con mayor respaldo popular si pasaba por encima de los huelguistas. El conflicto social se extendió por semanas, pero, al desgastarse, muchos sindicatos abandonaron la lucha que, a finales de octubre, quedó enteramente en manos de los maestros y profesores del Magisterio Nacional (Murillo, 2018). Durante días, bajo el sol y la lluvia, centenares de docentes marcharon sobre las calles de la capital exigiendo al presidente negociar; entre sus carteles se leían consignas como: “Esta es una lucha de trabajadores, no entre trabajadores”, “Ni un paso atrás”, “Impuestos al gran capital, no a la clase trabajadora”, y “No más impuestos a los alimentos del pueblo”. De esa forma, el presidente fue identificado como amigo del gran capital nacional y opositor de la clase trabajadora.

La reforma se aprobó en diciembre del 2018. De esa forma, dos años antes de que se produjera la crisis por la Covid-19, la sociedad costarricense, especialmente su clase asalariada, había sufrido un impacto en sus entradas gracias a esa reforma. La desigualdad social encontraba así otro nicho para crecer. En el primer trimestre del 2020, la tasa de desempleo abierto llegó a 12,5 por ciento (era 11,3 por ciento en 2019), el porcentaje de población ocupada con empleo informal era de 47,1 por ciento, y la tasa neta de participación laboral y tasa de ocupación se mantenían sin cambios estadísticos significativos interanuales, 63,4 por ciento y 55,4 por ciento respectivamente (INEC, 2020a). Los efectos de la pandemia solo se mostraron en el tercer trimestre del 2020, cuando la tasa de desempleo ya se había duplicado, llegando a 22 por ciento, y la tasa de ocupación bajó a 46,1 por ciento; el peso de la disminución en la fuerza de trabajo recayó en las mujeres (INEC, 2020b).

En Costa Rica, la pobreza se había mantenido en 20 por ciento, pero con una creciente desigualdad social. De cara a la conmemoración del bicentenario de la independencia, nuestro país experimenta el mayor porcentaje histórico de pobreza de las últimas tres décadas (26 por ciento). De ese sector más pobre, las mujeres son las que tienen un peor lugar en la desigualdad porque reciben menos paga por los mismos trabajos y porque se concentra en ellas la atención de los adultos mayores y los niños y niñas y las labores domésticas.

Salir de la crisis actual involucra, a fuerza, un nuevo pacto social. Somos una sociedad escindida, pero eso no es un fenómeno de ahora; como se ha indicado, en el pasado ha habido momentos de graves rompimientos sociales y la nación supo mantenerse unida. Tampoco es un fenómeno nuevo los actores que explotan esa fragmentación, ni sus discursos. Lo que sí parece nuevo, es que esos residuos de enfrentamiento que vienen del pasado cercano han provocado una acumulación confrontativa que tiene un escenario casi por estallar. No hubo resolución en las crisis de 2000-2001, tampoco en la de 2006-2007, ni durante la tensión social con que finalizó el gobierno de Laura Chinchilla y menos con las pasadas elecciones. A esa potente mixtura se añaden la ya indicada creciente desigualdad social.

Las fisuras que se han ido produciendo en el proyecto de nación, han propiciado que el discurso nacionalista oficial de Costa Rica experimente reparaciones constantes. Una de esas ha sido reconsiderar la relación entre la independencia y la Campaña Nacional de 1856-1857 a partir de la exaltación casi divina de la figura de Juan Rafael Mora Porras (Molina Jiménez y Díaz Arias, 2021). Este intento, sin embargo, ha mostrado todos sus límites y no ha logrado, a pesar de todo el esfuerzo oficial compartido por gobiernos del Partido Liberación Nacional (PLN) y del PAC desde el 2006, lograr sellar las fracturas discursivas y sociales que el país ha vivido luego de la crisis económica de 1980-1981. De cara al bicentenario, Costa Rica debe plantearse como sociedad la forma en que, en un contexto de diversificación, reconocimiento y protección de los derechos de las minorías, se asegure la mejor versión que de sí misma desarrolló en estos doscientos años de independencia. Solo así, realmente, este país tendrá el futuro que veían asegurado quienes conmemoraron el centenario en 1921 y el sesquicentenario en 1971.

5. Epílogo

El 8 de mayo del 2018, Carlos Alvarado Quesada juró como el 48º presidente de Costa Rica. Su discurso durante la ceremonia del traspaso de poderes puso énfasis desde el principio en el hecho de que su gobierno es el encargado de conmemorar el bicentenario de la independencia. Al respecto, el presidente indicó:

“Hoy, recibo esta banda con plena consciencia de que es el mayor honor que se puede recibir y de la enorme responsabilidad que tengo con todos ustedes y con nuestra Patria. Juro respetar y defender la Constitución de nuestra República y sus leyes, así como ser la mejor versión de mí mismo para llevar adelante los asuntos más importantes del país. Lo haré procurando el bienestar de todas las personas, y las más humildes tendrán un especial eco en mi conciencia.

Lo haré teniendo claro de dónde venimos y de cómo hemos construido este país excepcional, para que trabajemos juntos en retomar el camino y lograr que la celebración del Bicentenario de vida independiente que festejaremos en 2021 nos encuentre avanzando a paso firme, hombro a hombro, mano a mano, por la senda del progreso y el bienestar compartido que le han labrado un nombre propio a Costa Rica” (Matarrita y Sandoval, 2018).

La imagen de “país excepcional” utilizada por Alvarado Quesada es de larga data. De hecho, puede ser rastreada hasta la independencia misma, cuando se decantó una narrativa particular para explicar la paz con que este territorio había conseguido liberarse de la monarquía española (Gómez Murillo, 2018). Para conciliar esa paz con la gallardía (usualmente masculinizada) con que debían erigirse las naciones, desde el siglo XIX la emancipación fue conjugada con la guerra contra los filibusteros de 1856-1857, de forma que esta segunda sellaba con sangre a la primera. Asimismo, aunque se siguió el decreto de la República Federal de Centroamérica de celebrar el 15 de setiembre, la fiesta de la independencia se nacionalizó en Costa Rica desde muy temprano y sirvió para consolidar la imagen de país especial en el contexto centroamericano. Así, hacia el sesquicentenario en 1971, la sociedad costarricense seguía teniendo la paz, la democracia y la defensa nacionalista del país como conceptos fundamentales de su nación.

Esos conceptos, a los que se agregaron la idea del progreso y del bienestar (una liberal y la otra socialdemócrata), sin embargo, entraron en una crisis a partir de la década de 1980 y han continuado así hasta la actualidad. De esa forma, las elecciones presidenciales del 2018 mostraron a un país dividido por visiones morales que se suponían sepultadas en el siglo XIX, de forma que una importante cantidad de ciudadanos votaron con la idea de que Costa Rica debía ser una república regida por la religión. La división, en todo caso, es más compleja, como se vio con la huelga de los empleados públicos contra el llamado combo fiscal impulsado por el gobierno de Alvarado en la segunda mitad del 2018, que llevó a que el presidente y el Partido Acción Ciudadana perdieran un gran porcentaje del apoyo que tuvieron para ganar la presidencia. Todo esto da muestras de que la Costa Rica que llega al bicentenario es muy diferente de la que vio el sesquicentenario, la que presenció el centenario y de la que vivió la coyuntura de la independencia.

6. Bibliografía

Aguilar Fong, Justo y Villalobos, María Lourdes (2014). “El crecimiento económico de Costa Rica en el siglo XX”, en: Jorge León, et al. Historia económica de Costa Rica en el siglo XX. Tomo I: Crecimiento y las políticas económicas. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, pp. 18-53.

Bonilla Castro, Alejandro (2013). “El retrato del recuerdo y el olvido: políticas de conciliación. Olvido y memorias emblemáticas de la dictadura de Federico Tinoco Granados (1917-1963)”. Tesis de Maestría en Historia, Universidad de Costa Rica.

Díaz Arias, Chicago Boys del trópico, pp. 78-234.

Díaz Arias, David (2007). La fiesta de la independencia en Costa Rica, 1821-1921. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Díaz Arias, David (2015). Crisis Social y Memorias en Lucha: Guerra Civil en Costa Rica, 1940-1948. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Díaz Arias, David (2016). “El sesquicentenario de la independencia en Costa Rica, 1971”, en: Alexander Betancourt Mendieta (editor). Escritura de la Historia y política. El sesquicentenario de la independencia en América Latina. Instituto Francés de Estudios Andinos, Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma de San Luis Potosí, México, pp. 117-142.

Díaz Arias, David (2021a). Chicago boys del trópico: historia del neoliberalismo en Costa Rica (1965-2000). San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, pp. 42-117.

Díaz Arias, David (2021b). La independencia de Costa Rica. Historia, debate y conmemoración, 1821-2021. San José: EUNED, pp. 133-164.

Fumero Vargas, Patricia (2021). Festejos y símbolos: el primer centenario de la independencia de Centroamérica (1921). San José: EUCR.

Gómez Murillo, Vicente (2018). “El futuro del Estado y los estados futuros: conceptos de Estado e imaginación del futuro en Costa Rica, 1821-1848”. Tesis de Maestría Académica en Historia, Universidad de Costa Rica.

Molina Jiménez, Iván (2005). Costarricense por dicha. Identidad nacional y cambio cultural en Costa Rica durante los siglos XIX y XX. San José: EUCR.

Molina Jiménez, Iván (2014). La cicatriz gloriosa. Estudios y debates sobre la Campaña Nacional: Costa Rica (1856-1857). San José: Editorial Costa Rica.

Molina Jiménez, Iván y Díaz Arias, David, eds. (2021). El héroe de la discordia. Juan Rafael Mora Porras y la cultura costarricense. San José: EUCR, CIHAC.

Molina Jiménez, Iván, 2016. La educación en Costa Rica de la época colonial al presente. San José, Programa Estado de la Nación y Editoriales Universitarias Públicas Costarricenses.

Molina Jiménez, Iván, 2019. “Shangri La en peligro. Las elecciones costarricenses del año 2018”, Díaz Arias, David y Hatzky, Christine, eds., ¿Cuándo pasará el temblor? Crisis, violencia y paz en la América Latina contemporánea. San José, Centro de Investigaciones Históricas de América Central, 187-202.

Oconitrillo García, Eduardo (1980). Los Tinoco, 1917-1919. San José: Editorial Costa Rica.

Oconitrillo García, Eduardo (1991). Julio Acosta. El hombre de la providencia. San José: Editorial Costa Rica, p. 141.

Rovira Mas, Jorge (2000). Estado y política económica en Costa Rica, 1948-1970. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Fuentes Primarias

ANCR, Serie Fotografías, No. 2056.

Alvarado, Eduardo y Cantero, Marcela (1999). “Espíritu patrio colmó las calles”. La República, 16 de setiembre, p. 4A.

Brenes, Grevin Mauricio (1998). “Ticos celebran fiesta de independencia”. La República, 15 de setiembre, p. 3ª.

Bulgarelli, Pablo (1994). “Pálidas fiestas patrias”. La República, 14 de setiembre, p. 4A.

Quesada Chanto, Basilio (1998). “Fervor patrio reinó en desfiles”. La República, 16 de setiembre, p. 5A.

Fuentes, José Luis (1995). “Fervor patriótico”. La República, 15 de setiembre, p. 4A.

Mora Gamboa, Emilia (1994). “Triste independencia”. La República, 16 de setiembre, p. 22A.

Mora Gamboa, Emilia (1995a). “Fiestas patrias siguen adelante”. La República, 14 de setiembre, p. 5A.

Mora Gamboa, Emilia (1995b). “Estudiantes deslucieron fiesta”. La República, 16 de setiembre, p. 4A.

Quesada, Laura (1997). “Frío clima recibe a la independencia”. La República, 15 de setiembre, p. 4A.

Sin autor (1911). “El día de la Patria”. La Prensa Libre, 14 de setiembre, p.2.

Sin autor (1919). “La quema de instrumentos infamantes en las plazas públicas”. Diario de Costa Rica, 11 de setiembre de 1919, p. 3.

Sin autor (2021). “En el Parque Mora Fernández”. Diario de Costa Rica, 20 de setiembre, p. 1.

Solano, Gabriela (1996). “Múltiples fiestas, celebración única”. La República, 16 de setiembre, p. 4A.

Varela, Ivannia y Bloise, Helen (1995). “Raquíticos desfiles”, La República, 16 de setiembre, p. 5A.

Fuentes On-line

INEC (2020a). Encuesta continua de empleo al primer trimestre de 2020. Resultados generales. San José: INEC, p. 11; disponible en: https://www.inec.cr/sites/default/files/documetos-biblioteca-virtual/reeceit2020.pdf (revisado el 23 de junio del 2021).

INEC (2020b). “Encuesta continua de empleo al tercer trimestre de 2020. Resultados generales”. San José: INEC, p. 12; disponible en: https://www.inec.cr/sites/default/files/documetos-biblioteca-virtual/reeceiiit2020.pdf (revisado el 24 de junio del 2021).

Matarrita, Mónica y Sandoval, Randall (2018). “Este es el discurso completo de Carlos Alvarado”. La Prensa Libre, 8 de mayo, en línea: http://www.laprensalibre.cr/Noticias/detalle/134007/este-es-el-discurso-completo-de-carlos-alvarado (revisado el 5 de febrero del 2019).

Murillo, Álvaro (2018). “La huelga de funcionarios en Costa Rica cumple un mes y medio sostenida por los maestros”, El País, 24 de octubre, disponible en: https://elpais.com/internacional/2018/10/24/america/1540407033_246843.html (revisado el 22 de junio del 2021).

Vargas Fernández, Marielos (2000). “Fragua de ideas y sangre”, La Nación, 15 de setiembre, en línea: http://wvw.nacion.com/ln_ee/2000/septiembre/15/opinion6.html (revisado el 5 de febrero del 2019).

Dossier monográfico: Bicentenario de la Independencia de Costa Rica

David Díaz Arias

Ph.D. en Historia por la Universidad de Indiana (Estados Unidos) y Magister Scientiae en Historia por la Universidad de Costa Rica (UCR). Profesor catedrático en la UCR. david.diaz@ucr.ac.cr | COSTA RICA.

ISSN 2215-5600
Vol. 85, 2021: e531
Del 1 de enero al 31 de diciembre 2021
www.archivonacional.go.cr/RAN

Fecha de recepción: 13/07/2021

www.archivonacional.go.cr/RAN

INGRESE AQUÍ

INGRESE AQUÍ

INGRESE AQUÍ